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Bullying: desafíos sociales.

El bullying o acoso escolar es una situación reiterada de abuso o maltrato ya sea físico a través de golpes o empujones; o psicológico mediante insultos, humillaciones o sobrenombres. Estos abusos son realizados por un compañero, un par, sobre otro, aunque no necesariamente deben compartir el grado o curso. La repetición de estas circunstancias tiene efectos sobre la autoestima de quien sufre el acoso provocando exclusión, vergüenza y aislamiento así como la aparición de conductas de evitación de interacción con sus pares.

En el caso del acosador refuerza su poder haciéndolo propenso a instaurar lazos basados en el autoritarismo y en la necesidad de obtención de dominio a través de la violencia. De esta manera el sujeto pierde la capacidad de empatía y se obturan las posibilidades de establecer relaciones de paridad con los otros, excluyéndose. Es decir en ambos casos, posee como efecto la dificultad para establecer lazos sociales a futuro. Sin embargo, más allá de la dupla acosador-acosado debemos considerar que presenciar este tipo de acciones también produce efectos psicológicos en los testigos de estos hechos.

"La desensibilización frente a la situación violenta y su naturalización produce una escisión en el psiquismo en el sentido en que los niños, niñas o adolescentes que no se permitirían a sí mismos realizar esos actos agresivos los permiten o los estimulan cuando son realizados por otra persona. "
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En primer lugar podemos considerar que la desensibilización frente a la situación violenta y su naturalización produce una escisión en el psiquismo en el sentido en que los niños, niñas o adolescentes que no se permitirían a sí mismos realizar esos actos agresivos los permiten o los estimulan cuando son realizados por otra persona. Con el correr del tiempo, esto trae aparejada la pérdida de empatía hacia el otro (es decir no se lo reconoce como un ser humano que está sufriendo), la aparición de una doble moral (una más exigente para juzgar las propias acciones y otra más laxa para juzgar la de aquellos que se presentan como más poderosos) y una distorsión en la percepción de la realidad (que le hace ver como aprobables o graciosas acciones que son vergonzosas o amorales)
¿Cómo se ven estos efectos en la actualidad? A través de las redes sociales, cuando adolescentes comparten peleas callejeras entre compañeros o directamente agresiones sobre uno o una de ellos por parte de un grupo. El filmar y compartir, ver, comentar o darle likes a estos posts es indicador de una capacidad de empatía deficiente motivada por una falta de sanción sobre estos actos violentos que conllevan a su aceptación y naturalización. Ésta última también la percibimos cotidianamente desde nuestro rol de “espectadores” ante las agresiones callejeras o frente a ciertas noticias que impliquen algún acto violento. En estas ocasiones los diques anímicos, aquellas barreras culturales que permiten la vida en sociedad, representadas por el asco, la vergüenza y la moral se diluyen y pierden su poder de sanción de hechos antisociales.
"Podemos ver, entonces, que son múltiples los efectos psicológicos y culturales que puede producir la no intervención a tiempo para detener el bullying."
Podemos ver, entonces, que son múltiples los efectos psicológicos y culturales que puede producir la no intervención a tiempo para detener el bullying. Está comprobado que si nadie permite o si directamente alguna persona desaprueba una acción como dañina o vergonzosa, la conducta agresiva no prospera; es por ello que otra característica de las situaciones de acoso escolar es que no suelen realizarse delante de los adultos, sean padres o docentes. Por ello se debe estar atento al aislamiento o retraimiento de algún niño, niña o adolescente, a la caída en el rendimiento académico, a la aparición de marcas o golpes que no puedan ser justificados, a la negatividad a asistir a la escuela o a participar de actividades escolares de recreación. Como adultos, aparte de evaluar la necesidad de atención terapéutica tanto para el agresor como para quien sufre el acoso; se hace necesario ESCUCHAR activamente a los niños, niñas y adolescentes. (No se debe olvidar ese viejo refrán que dice que por algo tenemos una boca y dos orejas).
La escucha activa está dada por la posibilidad de prestar atención y poder preguntar sobre las vivencias que manifiestan de manera interesada y sin interrumpir sus dichos. De la misma manera se debe evitar justificar las escenas que cuentan los niños, niñas y adolescentes sea como situaciones aisladas o por las características o la historia singular de alguno de los actores (Por ejemplo, es muy común caer en el comentario “y sí, con esa cara…” ó “si es gordo o gorda…” ó “lo que pasa es que sus papás se están separando…”). Estas justificaciones obturan la posibilidad de seguir hablando sobre el tema, restándole importancia. Es un trabajo de toda la sociedad mantener esos diques que favorecen la vida en la cultura. En este contexto la responsabilidad de los adultos es sancionar determinados hechos, señalando que NO son graciosos los accionares que generan el sufrimiento de un ser humano y que están mal. Hay que enfatizar con nuestros niños y adolescentes que el dolor humano es un límite inapelable.
Mg. Carolina Savarecio.
Psicóloga. Profesora de la facultad de Psicología de la UNR.
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